"Escribir es como besar, pero sin labios". (De Leo a Emmi, Contra el viento del norte)
"La intimidad no es la interrupción de la distancia, sino su superación". (De Emmi a Leo, op. cit.)
Dos motivos me llevaron a querer escribir sobre este libro antes de terminar de leerlo. El primero responde más a un tema personal que a otra cosa, me cuesta atemperar la ansiedad cuando descubro algo que me apasiona. Tratándose de libros, más aún. El viso de seriedad que intento imprimirle a las notas en el blog fue lo que me impidió dejarme conducir por el arrebato emocional.
El segundo está en concordancia con el tema de fondo de la novela: por momentos no supe si era tan importante llegar hasta el último capítulo. Algo de todo eso que el libro (y su autor) intenta transmitir acerca del fondo de la cuestión que subyace a la historia había –extrañamente– cumplido su cometido mucho antes de alcanzar la mitad de sus doscientos sesenta páginas. Y si bien la tentación por conocer el desenlace era fuerte, también lo eran las ganas de no sufrir una desilusión. Y con ello no me refiero a que el final pudiera no estar a la altura de su desarrollo en términos netamente literarios, sino a que lo que fuera a ocurrirle a los personajes diera de bruces con la quimera en la que –tanto ellos como yo– nos encontrábamos sumidos desde el inicio.
Contra el viento del norte cuenta la historia de dos personas en sus casi cuarenta (Emmi y Leo), quienes a partir de un simple equívoco (un email enviado a una dirección incorrecta) entablan una relación amorosa a través de Internet.
Toda la novela no es más que la secuencia ordenada de un intenso intercambio epistolar que va ganando locuacidad a la par que se va encendiendo el deseo entre los dos personajes. Durante los diez capitulos uno se convierte en testigo de la evolución de esa tensión amorosa a través de un solo recurso: la palabra. El uso que Emmi y Leo hacen del lenguaje es el único vector posible capaz de generar entre ellos la llama del deseo, del interés, de la pasión, del amor. Ninguno de los dos sabe cómo es el otro en términos de apariencia física. Y aun cuando ésto no parece ser importante para el in crescendo del enamoramiento, opera casi como un fantasma tanto para potenciar la fantasia del encuentro amoroso como para desalentarla por temor a que la realidad no se adecue al ideal construido. La posibilidad de conocerse funciona entre ellos como un espacio abismal al que se asoman y del que huyen como en un flirteo histérico y gozoso.
“Tú eres mi mundo exterior, Leo” le dice Emmi en uno de los tantos mails en los que ella se resiste a hablarle a su interlocutor de todo aquello que concierne a su mundo interior (lo que constituye su vida “real”).
En tanto que ese mundo exterior es casi una dimensión desconocida, podríamos pensar que ambos son para el otro eso que Kant llamaba el “noúmeno” o “la cosa en sí”, aquello que está tras los muros del conocimiento o de la experiencia, lejos de lo fenoménico. Lo inabordable. Traspasar ese límite de la virtualidad implica experimentar lo real, y la realidad por lo general tiende a alejarse del ideal, a romper con el mismo. A eso, precisamente, es a lo que le rehuyen todo el tiempo Emmi y Leo, al encuentro con lo que son y a la forzosa destrucción de la idea que cada uno ha formado sobre el otro.
Quizás pueda sonar disparatado asociar el argumento de esta novela, que se lee en menos de 24h y que es de apariencia ligera (solo apariencia), con el pensamiento de un filósofo de la Ilustración. La asociación de ideas me resultó, sin embargo, inevitable. Es imposible leer Contra el viento del norte con una mirada sesgada que deje afuera la pregunta que atraviesa esta historia de principio a fin: ¿De qué nos enamoramos cuando nos enamoramos? ¿Nos enamoramos de un Otro como un ser real o de lo que nosotros construimos acerca de ese Otro como un ser ideal?
Lo mejor logrado de la novela no reside en la historia de amor (la literatura está poblada de ellas), sino en la capacidad de autoconciencia que el autor les otorga a los personajes al ponerlos a dialogar con un uso descarnado e inteligente del lenguaje, desprovisto de recursos simplistas y reduccionistas ("Y no tema: seré capaz de reconocer su ironía, prescinda de los emoticonos!") para demostrar el grado de complejidad que puede alcanzar un vínculo con la palabra como única herramienta de seducción.
“Nuestro camino es distinto, Emmi: nosotros partimos de la línea de llegada, y solo se puede seguir en una dirección: hacia atrás. Nos dirigimos a la gran desilusión. No podemos vivir lo que escribimos”.
Emmi y Leo vislumbran el quiebre, esa grieta que se hace más profunda en la medida en que se hace más profunda la relación. Resulta casi paradojal que el deseo de encontrarse en el mundo real se incremente en directa relación al proceso de idealización, cuando ambos van claramente en dirección opuesta. Aun así deberíamos pensar -y ellos incluso lo plantean- cuánto de construcción ficticia le cargamos también a las relaciones que establecemos dentro del mundo tangible o material.
La solución para que la grieta no se convierta en una distancia insalvable no la logran encontrar Emmi y Leo en este libro. Habrá que esperar a leer Cada siete olas, la continuación de esta historia que la editorial Alfaguara ya editó en España pero viene demorando en Argentina, o resignarnos a pensar que el ideal no puede sostenerse en la realidad, que quizás debamos acostumbrarnos a que éste solo se presenta en nuestras vidas con la volatilidad y ligereza del viento aun cuando nos parezca que sopla con fuerza y que nos quiere arrastrar con él más allá de los confines de nuestro mundo interior.






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