viernes, 8 de julio de 2011

Intimo desconocimiento


"Escribir es como besar, pero sin labios". (De Leo a Emmi, Contra el viento del norte)
"La intimidad no es la interrupción de la distancia, sino su superación". (De Emmi a Leo, op. cit.)




Dos motivos me llevaron a querer escribir sobre este libro antes de terminar de leerlo. El primero responde más a un tema personal que a otra cosa, me cuesta atemperar la ansiedad cuando descubro algo que me apasiona. Tratándose de libros, más aún. El viso de seriedad que intento imprimirle a las notas en el blog fue lo que me impidió dejarme conducir por el arrebato emocional.
El segundo está en concordancia con el tema de fondo de la novela: por momentos no supe si era tan importante llegar hasta el último capítulo. Algo de todo eso que el libro (y su autor) intenta transmitir acerca del fondo de la cuestión que subyace a la historia había –extrañamente– cumplido su cometido mucho antes de alcanzar la mitad de sus doscientos sesenta páginas. Y si bien la tentación por conocer el desenlace era fuerte, también lo eran las ganas de no sufrir una desilusión. Y con ello no me refiero a que el final pudiera no estar a la altura de su desarrollo en términos netamente literarios, sino a que lo que fuera a ocurrirle a los personajes diera de bruces con la quimera en la que –tanto ellos como yo– nos encontrábamos sumidos desde el inicio.
Contra el viento del norte cuenta la historia de dos personas en sus casi cuarenta (Emmi y Leo), quienes a partir de un simple equívoco (un email enviado a una dirección incorrecta) entablan una relación amorosa a través de Internet.

Toda la novela no es más que la secuencia ordenada de un intenso intercambio epistolar que va ganando locuacidad a la par que se va encendiendo el deseo entre los dos personajes. Durante los diez capitulos uno se convierte en testigo de la evolución de esa tensión amorosa a través de un solo recurso: la palabra. El uso que Emmi y Leo hacen del lenguaje es el único vector posible capaz de generar entre ellos la llama del deseo, del interés, de la pasión, del amor. Ninguno de los dos sabe cómo es el otro en términos de apariencia física. Y aun cuando ésto no parece ser importante para el in crescendo del enamoramiento, opera casi como un fantasma tanto para potenciar la fantasia del encuentro amoroso como para desalentarla por temor a que la realidad no se adecue al ideal construido. La posibilidad de conocerse funciona entre ellos como un espacio abismal al que se asoman y del que huyen como en un flirteo histérico y gozoso.  



“Tú eres mi mundo exterior, Leo” le dice Emmi en uno de los tantos mails en los que ella se resiste a hablarle a su interlocutor de todo aquello que concierne a su mundo interior (lo que constituye su vida “real”).

En tanto que ese mundo exterior es casi una dimensión desconocida, podríamos pensar que ambos son para el otro eso que Kant llamaba el “noúmeno” o “la cosa en sí”, aquello que está tras los muros del conocimiento o de la experiencia, lejos de lo fenoménico. Lo inabordable. Traspasar ese límite de la virtualidad implica experimentar lo real, y la realidad por lo general tiende a alejarse del ideal, a romper con el mismo. A eso, precisamente, es a lo que le rehuyen todo el tiempo Emmi y Leo, al encuentro con lo que son y a la forzosa  destrucción de la idea que cada uno ha formado  sobre el otro.

Quizás pueda sonar disparatado asociar el argumento de esta novela, que se lee en menos de 24h y que es de apariencia ligera (solo apariencia), con el pensamiento de un filósofo de la Ilustración. La asociación de ideas me resultó, sin embargo, inevitable. Es imposible leer Contra el viento del norte con una mirada sesgada que deje afuera la pregunta que atraviesa esta historia de principio a fin: ¿De qué nos enamoramos cuando nos enamoramos? ¿Nos enamoramos de un Otro como un ser real o de lo que nosotros construimos acerca de ese Otro como un ser ideal? 
Lo mejor logrado de la novela no reside en la historia de amor (la literatura está poblada de ellas), sino en la capacidad de autoconciencia que el autor les otorga a los personajes al ponerlos a dialogar con un uso descarnado e inteligente del lenguaje, desprovisto de recursos simplistas y reduccionistas ("Y no tema: seré capaz de reconocer su ironía, prescinda de los emoticonos!") para demostrar el grado de complejidad que puede alcanzar un vínculo  con la palabra como única herramienta de seducción. 

“Nuestro camino es distinto, Emmi: nosotros partimos de la línea de llegada, y solo se puede seguir en una dirección: hacia atrás. Nos dirigimos a la gran desilusión. No podemos vivir lo que escribimos”.
Emmi y Leo  vislumbran el quiebre, esa grieta que se hace más profunda en la medida en que se hace más profunda la relación. Resulta casi paradojal que el deseo de encontrarse en el mundo real se incremente en directa relación al proceso de idealización, cuando ambos van claramente en dirección opuesta. Aun así deberíamos pensar -y ellos incluso lo plantean- cuánto de construcción ficticia le cargamos también a las relaciones que establecemos dentro del mundo tangible o material.

La solución para que la grieta no se convierta en una distancia insalvable no la logran encontrar Emmi y Leo en este libro. Habrá que esperar a leer Cada siete olas, la continuación de esta historia que la editorial Alfaguara ya editó en España pero viene demorando en Argentina, o resignarnos a pensar que el ideal no puede sostenerse en la realidad, que quizás debamos acostumbrarnos a que éste solo se presenta en nuestras vidas con la volatilidad y ligereza del viento aun cuando nos parezca que sopla con fuerza y que nos quiere arrastrar con él más allá de los confines de nuestro mundo interior.









4 comentarios:

raindrop dijo...

Es tan sugerente todo lo que has escrito acerca de este libro, que temo que la cantidad de comentarios que me vienen a la cabeza pudiera llegar a superar la extensión del post (lo que no deja de ser algo poco recomendable).

Me resulta muy llamativa la cantidad de contradicciones y paradojas que envuelven a las relaciones amorosas, ya sean "reales" o "virtuales", y que tan bien expresadas están en esta reseña. Pero no podría ser de otro modo, porque en una relación se mezclan esos dos mundos (el "interior" y el "exterior") y de la mezcla surge ese nuevo mundo hecho de partes distintas que se hacen engranar como por arte de magia, siendo que las dentaduras del nuevo mecanismo no siempre se corresponden con las de las piezas originales, de algún modo presentes en sus propias memorias.
En el caso del enamoramiento "virtual", queda patente su parcialidad: con la sola palabra como único recurso de apego, la relación queda en un plano meramente mental, tanto intelectual como afectivamente. ¿Y cómo suplir el resto (las personas no somos mentes descarnadas)? Ahí es donde las dudas de los protagonistas les llevan a reconocer que su camino es desde un punto de partida, que es la línea de llegada. El recorrido al revés.
Quizás, porque habiendo dotado a la persona amada de un ser corpóreo (aunque imaginario, pero que haga posible ese permanente anhelo de una relación más completa) acorde con la intensidad de la palabra, solo queda recorrer el camino desde esa llegada hacia otra situación en que no haya tal acuerdo entre lo imaginado y lo real. ¿Y cómo encajar ahora en lo real algo que ya había sido plenamente formado en la imaginación, algo que era absolutamente coherente tal y como se había ideado? Esto sería como enamorarse de una persona distinta. Y el punto de llegada se tornaría entonces en una línea de salida, tal y como se temía.
Es esta tensión, fruto del cúmulo de contradicciones que están sin resolver, la que visualizo entre Emmi y Leo a medida que me espacio en tu reseña.

Un tema apasionante, sin duda. Y excelentemente relatado.

Saludos con cariño.

Anónimo dijo...

Las fantasias de la realidad dejan de ser fantasticas al realizarlas.
Si hay un mundo exterior, por algo es exterior e interiorizarlo es destruirlo!

Daniela Vilaboa dijo...

Hola, raindrop. Me dejaste pensando en lo que decís, que por cierto es muy acertado y bastante similar a lo que Emmi y Leo debaten en sus diálogos.
Es probable que el recorrido que a ellos les quepa hacer sea en un sentido contrario y que en ese proceso las piezas del mecanismo puedan no encastrar como lo hacían en el ideal construido. Ahora bien: acaso no ocurre lo mismo a veces (muchas veces) cuando el recorrido se inicia como indica la "corriente", del punto de partida al punto de llegada, y no a la inversa. Creo que incluso esto se puede leer en tu propio razonamiento.
Me asalta la duda de si ese desencuentro o esa imposibilidad de encastrar es más palmaria en un caso que en otro. No lo sé.

Por otra parte también me pregunto en dónde es que somos más auténticamente nosotros, ¿en nuestra materialidad corpórea o en nuestras palabras? Acaso no somos también lenguaje o puramente eso ("Pienso, luego existo")?
Quizás ese apego a la lengua y a la palabra es lo que nos aleja de otros animales, los que nos constituye como personas. ¿Y eso no debería ser prioritario también a la hora de enamorarse? Es casi como la brecha entre un intercambio sexual y uno amoroso.

Algo más: me pregunto si ese vacío, esa falta de la que adolece una relación puramente ideal (virtual) por no acceder al encuentro físico, no se acerca bastante a ese otro vacío que sentimos cuando tenemos el acercamiento y la intensidad de éste es tan fuerte que termina por dejarnos una impresión interna como de incompletud, de distancia insalvable.
Aunque imagino que puesta en una línea recta y sometida a medición científica, ésta última debe ser un poco menor que la otra. Jaja.

De acortar distancia, suponqo que de última es de lo que en definitiva se trata. ¿O de profundizar intensidades?
Dudas.

Un beso y gracias por tu comentario.

Daniela Vilaboa dijo...

Anómimo:
Entiendo lo que decís, pero creo que es parte de nuestra naturaleza humana el querer atravesar ese límite, aun sabiendo que puede destruirse en el intento. Casi como que no podemos zafar de la tentación. La carne nos llama.

Gracias por tu opinión