sábado, 2 de julio de 2011

Olvídate de Paris

Tuve la suerte de conocer Nueva York hace tres años. Fue durante un invierno frío y lluvioso, un tiempo demasiado hostil para exprimir las calles de la Gran Manzana.
El año pasado volví, esta vez en primavera, me había quedado con las ganas de caminarla. Hasta ese momento todo lo que sabía de Manhattan era lo que había visto y oído en las películas de Woody Allen. Y precisamente ese universo era el que deseaba descubrir. 

Viajé con tres amigas para quienes Nueva York posiblemente fuera otra cosa. El día que nos volvíamos, ellas quisieron pasar la mañana haciendo compras en Bloomingdales, yo me negué. No podía volverme a Buenos Aires con la última imagen de una tienda de ropa. Asi que me compré un sandwich y una gaseosa, y me senté en el césped del Central Park a deleitarme con ese perfil único que se recorta entre los árboles hasta que mis retinas se cansaran. Cuando llegó la hora de volver al departamento para buscar la valija, decidí abrirme dos o tres cuadras del camino sólo para recorrer de nuevo la 5th avenue. Salí del parque a la altura de la 60th st y caminé en dirección a la 57th. De pronto oí una voz conocida a mis espaldas. Una voz que había escuchado cientos de veces en el cine y que se había incorporado a mi imaginario junto a ese perfil de la ciudad que minutos atrás contemplaba. Me di vuelta para certificar con mis ojos aquello que ya sabía. Y entonces lo vi, con su andar apurado y nervioso, y todos los signos de su neurosis escurriéndosele por debajo del sombrero. El cineasta que me había hecho recorrer las calles de Manhattan  y todo el ideario de una época pasaba a mi lado para demostrarme que a veces son difíciles delimitar los bordes de la ficción y la realidad. Woody Allen es a Nueva York lo que un ícono al objeto que representa.

Esto viene a cuento de que ayer vi en el cine Medianoche en Paris, su última película. Y lejos de que me invadiera un deseo voraz por tomarme un vuelo directo a la capital francesa, sentí una gran avidez por volver a recorrer Manhattan. Nadie puede serle esquivo a su identidad, por más buenos que sean los intentos.

Acá va entonces una nota que escribí hace unos años, en los tiempos en que yo todavía no conocía Nueva York y ésta empezaba a desdibujarse del cine de Woody Allen junto con su insidiosa profundidad y gran parte de su esencia.


SINFONIA DE LA GRAN CIUDAD

"Cualquier cosa puede suceder ahora que nos hemos deslizado sobre este puente, pensé; todo ese posible..." El gran Gatsby.  F. Scott Fitzgerald.
"No sobrevirías fuera de la isla de Manhattan más de 48 horas". De Judy a Gabe, en Maridos y Esposas. 





La dolce vita
Nunca he estado en Nueva York.  Sin embargo, el no haber pisado aún el suelo de la  Gran Manzana no me priva en absoluto de poder afirmar que conozco la ciudad. He recorrido Nueva York a través de una mirada ajena, la que asoma en las películas de Woody Allen. Acepto, lógicamente, que se me endilgue como consecuencia necesaria de mi osada aseveración, el hecho de que en verdad no la conozca  tal como es en la “realidad”. Mi grado de conocimiento es tan idealista o certero como el que cualquier espectador puede acusar respecto de la ciudad de Roma sólo por haber mirado los films de Nanni Moretti o de Federico Fellini. La Roma que yo he visto hace ya diez años estaba invariablemente teñida por la ciudad de la ficción que en mi imaginario había precedido a esa otra que se me presentaba ante mis ojos.  La Roma “real” no era más real que la de La dolce vita. Y aún hoy, después de haber estado allí, ésta sigue tiñendo en mi memoria el recuerdo de aquella por la que caminé. La Nueva York que afirmo conocer no es más que ese espacio casi mítico de películas como Manhattan, Annie Hall o Hannah  y su hermanas. Si bien es cierto que toda la filmografía de Woody Allen situada en la “gran ciudad” es una visión bastante parcializada de la misma, no es menos cierto convenir que las ficciones no escapan a esa regla. Toda visión resulta ser necesariamente un recorte arbitrario que deja afuera un resto que no se muestra y que, en ocasiones,  ni siquiera retorna como un espectro del fuera de campo; aunque en nuestro imaginario opere como un espacio existente. En el caso particular del cine de Woody Allen, esto se debe a que persiste una elección deliberada y precisa que limita el recorrido de su cámara a mostrar una  ciudad deudora de una época que ya no es. Es la mirada melancólica de alguien que se resiste a dar cuenta de los cambios. Es el silencioso homenaje de un director que se ha sentido seguro al hacer mover a sus seres  dentro del universo de su propia cotidianeidad. Es el registro -sesgado tal vez-  de un niño que creció mirando los rascacielos de Manhattan desde la orilla vecina de Brooklyn, y para quien, la opulencia de esa imagen  que se le plantaba frente a sus ojos terminaba de conformarse con el glamour y la abundancia que emanaban desde  las pantallas  las comedias de la década del 30 y 40. Alguien podría acusar al cine de Woody Allen de representar una  mirada sobre la sociedad un tanto oblicua al responder solamente al retrato del modus vivendi de la clase media alta neoyorkina. En salvaguarda de ello debería decirse que esos personajes gozan de una universalidad cosmopolita y que atraviesan en forma transversal  algunas metrópolis propias de esta época, con las pequeñas variaciones costumbristas del caso, claro.

La posibilidad de una isla





La postmodernidad en el arte ha venido planteando algunas cuestiones en relación al espacio, de las cuales el cine se ha hecho debido cargo. Los lugares que los films retratan  suelen ser anónimos y de pasaje,  los personajes los transitan a la ligera,  entran y salen de ellos con la sensación de que no es posible imprimirles huella alguna. Lo que prima por encima de todo es la falta de centro, una especie de condena merecida por la cobarde necesidad de tratar de encontrarle siempre un sentido a los relatos (y a la vida). Las metrópolis del cine actual son muchas veces parcialidades de un todo que tampoco se integra desde lo narrativo, son más bien itinerarios mentales y no geográficos.

Sin embargo, el universo alleniano se aleja rotundamente de estas geografías inhóspitas para ubicar a sus criaturas en un marco referencial claro. Es que todos esos personajes mentalmente inquietos, en algunos casos románticos y esperanzados, en otros, neuróticos y nihilistas, necesitan de un espacio que los contenga y los identifique, un espacio que los defina, los integre y les otorgue sensación de pertenencia. Ese será el ámbito de pertenencia a partir del cual puedan proyectarse con sus inquietudes y sus certezas.
Las películas de Woody Allen se inscriben dentro de esta constante y revisten a los personajes de una idiosincrasia netamente urbana.  Todos esos espacios por los que circulan guardan una estrecha relación entre sí, se agrupan bajo el denominador común de la ciudad de Nueva York, más precisamente, de la isla de Manhattan. La ciudad es la estructura en donde se vertebra la vida de esos seres. Y que se trate de una isla no es  un hecho casual, si se piensa que en esas historias la gente, en su gran mayoría, parece vivir (a) isla (da), aquejada tan sólo por preocupaciones existenciales fuera -al menos en apariencia- de todo registro de la realidad circundante.  Aunque este semblante de artificialidad en las problemáticas neuróticas  que padecen no está escindido de elementos claros de toma de conciencia respecto de una realidad social lacerante que, en principio, no afecta a la burguesía.







New York, New York

 Hay ciudades que se resisten a ser filmadas, se ocultan detrás de un anonimato indescifrable. Otras, en cambio, poseen cierta vocación retratista, una especie de imán visual atrayente para el registro fílmico. Nueva York parece ser de esas que justifican cualquier ficción, aunque no todos los cineastas decidan abordarla desde el mismo ángulo, ni dedicarle la cantidad de planos que Woody Allen ha estado dispuesto a hacer para mostrarla en todo su esplendor. En la mayoría de los casos, las ciudades son sólo reservorios del relato.  En el cine de Allen, en cambio, es un personaje más con su propia complejidad.  Manhattan es sin duda la apoteosis de este mecanismo, pues es el film que mejor captura el corazón que late dentro de la fachada arquitectónica de la Gran Manzana.  Los protagonistas, Isaac Davis (Allen) y Marie Wilke (Diane Keaton) forman parte de la iconografía de la ciudad en la famosa foto que Gordon Willis (director de fotografía) les tomó sentados a los pies del puente de la 59th Street, en el lado este de la isla de Manhattan, ajenos al hecho de que en la actualidad ya no exista banco alguno en ese mismo lugar. El Central Park, el MoMA, el Planetarium, la librería Rizzoli, el cine de la Blecker Street, el clásico restaurante Elaine´s, John`s Pizzería, las tiendas Bloomingdales y otros tantos sitios, filmados en blanco y negro, se suceden acompañados por la música de Gershwin para hacer de la ciudad una sinfonía en lugar de una  “rapsodia in blue”. Pero Manhattan es uno más de los tantos films de Allen que nos permiten recorrer  Nueva York sin haber viajado. En Hannah y sus hermanas, el arquitecto David (Sam Waterston) lleva a April (Carrie Fisher) y a Holly (Dianne Wiest) a recorrer sus edificios favoritos de la ciudad: el Dakota, el Chrysler y Graybar, entre otros emblemáticos. La película también nos muestra la majestuosidad del Metropolitan Opera House,  el Campus de la Universidad de Columbia y  el St. Regis-Sheraton Hotel. El departamento en donde se rodaron los interiores se encuentra ubicado en el edificio Langhman, en el número 135 del Central Park West, y era la casa real en donde vivía Mia Farrow.


Se podría hacer un tour por Manhattan siguiendo las pisadas de cada uno de los personajes de sus películas, pero excede el espacio de esta nota. Sus últimos films ya no pueden darnos pistas sobre los rincones de Nueva York, todos han sido deliberadamente rodados en Europa. Algunos episodios trágicos de la vida a veces nos rompen, sin previo aviso, el velo de magia que uno le otorga a determinadas cosas. Se puede intuir, entonces, que la distancia sea la opción obligada. Los atentados a las Torres Gemelas no modificaron solo la fachada de una postal. 

Quien alguna vez supo ponerle música y palabras a las imágenes de su ciudad, quizás no encuentre ahora ningún acorde que le quepa y ya no sepa cómo seguir resistiendo a no dar cuenta de los cambios.


















2 comentarios:

raindrop dijo...

Es muy cierto eso que dices, que en estos films la ciudad ya no es un escenario sino que se convierte en un protagonista más.
Se le atribuye al lugar una personalidad tal que acaba tornándolo en personaje. Hay ciudades para las que ese recurso parece irresistible y un buen cineasta sabe potenciarlo al máximo.

Luego, es difícil acudir a una ciudad y desligar esa primera impresión real de la primera impresión ficticia que se ha recibido de antemano (en verdad, tan real como la otra).


"Hay ciudades como mujeres. Y al revés", dijo con acierto el escritor Manuel Guede Oliva.


saludos :D

Daniela Vilaboa dijo...

"Las ciudades tienen algunas características en común con las personas. Laten, respiran, duermen, circulan, vibran, se apagan, desaparecen..." (del capítulo 2 de la novela que estoy escribiendo).
Supongo que me faltó decir que también se hieren.

De la cicatriz que dejó esa herida es de lo que el cine de Woody Allen rehuye.
Supongo.

Hermosa la cita de Guede Oliva. No la conocía.
Gracias por tus siempre tan sabios comentarios.

cariños